Hay fechas que nos deberían avergonzar porque nos enfrentan a lo peor del ser humano y tras ellas se esconden historias tan desconocidas como trágicas.

El DÍA MUNDIAL CONTRA LA ESCLAVITUD INFANTIL, por ejemplo, nos recuerda un drama que dejó de ser invisible gracias al valor de un niño paquistaní que se atrevió a denunciar el infierno en el que vivía.

Su ejemplo de coraje, su lucha contra el mal que él había sufrido en su propia piel y su inesperada muerte lo convirtieron en un símbolo contra la explotación de menores.

Iqbal Masih fue asesinado a tiros cerca de Lahore, Pakistán. Ocurrió un 16 de abril de 1995, tenía solo 12 años y en su memoria ese día fatídico del calendario nos recuerda la terrible situación en que viven millones de niños/as sometidos/as a trabajos forzosos, a la explotación sexual o convertidos en soldados.

Iqbal nació en 1982 en Pakistán, en el seno de una familia católica pobre y condenada, como tantas, a sobrevivir. Cuando tenía seis años, y a pesar de ser el más débil y enfermizo de los hermanos, su padre lo vendió a un fabricante de alfombras para poder pagar la boda de su hijo mayor. Desde ese instante, fue obligado a trabajar 12 horas diarias, encadenado como un perro a su telar y sometido a todo tipo de vejaciones. Comía una vez al día, apenas veía el sol ni podía estirar las piernas. Las jornadas eran tan duras trenzando los nudos de las alfombras –a una rupia por día– que sus manos, en pocos meses, parecían las de un viejo campesino. A los 10 años consiguió escapar de su cautiverio, pero las condiciones infrahumanas a las que le sometió su patrón le dejaron graves secuelas. Su cuerpo era muy menudo para su edad, padecía raquitismo agudo, tos seca provocada por la inhalación del polvo de las fibras y deformidades en los dedos de las manos.

Tras su huida, y con la ayuda de la organización Frente de Liberación del Trabajo Forzado, se convirtió en un militante comprometido por los derechos humanos. Asistió a la escuela por primera vez, era un alumno aplicado y con enormes ansias de aprender. Ya no tenía miedo y decidió denunciar en voz alta los abusos que se cometen contra la infancia pakistaní. Su relato estremecedor cruzó las fronteras, viajó a Estados Unidos y a Suecia –donde al grito de “No compréis alfombras, las hacen los niños” boicoteó este cruel negocio–, fue entrevistado por periodistas, protagonizó documentales, conoció a líderes políticos y dio charlas en los colegios a chavales que tenían su edad.

A pesar de estar amenazado en su país, no quiso cambiar de vida ni llevar protección. Aquella tarde se encontraba paseando con su bicicleta por el campo, cuando fue alcanzado por un disparo. La mafia de las alfombras fue acusada del crimen, pero no hubo detenidos y nunca se llegaron a esclarecer los hechos. El niño esclavo de la aldea de Haddoquey soñaba con poder acudir a la universidad y convertirse en abogado para poder defender mejor su causa. No lo consiguió, pero cada año, el 16 de abril, el mundo le recuerda.

P. D.: En pleno siglo XXI, más de 400 millones de niños siguen trabajando como esclavos en todo el mundo, mientras las autoridades miran hacia otro lado. Un lucrativo negocio, en alza, en el que a las víctimas se les roba la infancia y quedan marcadas de por vida.

FUENTE: Cristina Morató para MujerHoy.

La imagen es de arlenedosyalguncamino.blogspot.com

 

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